La inversión vinculada a la inteligencia artificial impulsa centros de datos, chips, energía y defensa en Estados Unidos. Ese motor permite crecer aun con debilidad en la vivienda residencial. La prosperidad, sin embargo, se concentra en propietarios de capital y activos tecnológicos, ampliando las diferencias sociales.
El nuevo ciclo premia regiones con electricidad, suelo, talento y redes capaces de alojar infraestructura tecnológica. También introduce riesgos: consumo energético, concentración bursátil y dependencia de pocos proveedores. La IA puede elevar productividad, pero distribuir sus beneficios requiere competencia y capacitación.
La tecnología no produce un único efecto automático. Su impacto depende de adopción, regulación, competencia, formación y del reparto de las mejoras de productividad entre empresas, trabajadores y consumidores.

