La gestora americana acaba de cerrar la venta de ocho activos logísticos en Lisboa por 90 millones de euros. 96.000 m² de superficie alquilable, 208.000 m² de suelo total, en las principales ubicaciones del área metropolitana de la capital portuguesa. Última milla incluida.

Es una operación relevante para el mercado ibérico. Pero hay que verla dentro del contexto más amplio de lo que Blackstone lleva haciendo en 2026.

En marzo vendió Fidere a Brookfield por 1.050 millones: 5.000 viviendas en alquiler en Madrid. En mayo, Testa generó otros 200 millones. En junio, suelo residencial en Sevilla —los terrenos de Hysatal— a Insur y la familia Cosentino para 436 viviendas. Y ahora Lisboa logística.

El patrón es claro: Blackstone está en modo desinversión en la Península Ibérica.

No es una señal de alarma. Es la lógica del capital privado: comprar barato en ciclo bajo, gestionar, optimizar y vender en ciclo alto. Compraron activos ibéricos entre 2012 y 2016 cuando nadie quería ladrillo español. Ahora el mercado paga bien y el ciclo está maduro. Venden.

Lo que sí merece atención es quién compra. Cuando Blackstone vende, alguien con convicción en el mercado compra. Brookfield en residencial, operadores internacionales en logística. El capital institucional no abandona la Península. Rota de manos.

Y esa rotación, en el mercado logístico, llega en un momento donde la demanda de espacio de última milla en Lisboa y Madrid no da señales de enfriarse. El comprador de esta cartera ha entrado en un activo con fundamentales sólidos. Blackstone simplemente ha decidido que ya ha llegado su momento de salir.