Sexto año consecutivo de expansión económica. Más de 22 millones de ocupados. Paro por debajo del 10%. Deuda pública en el 100% del PIB, 20 puntos menos que en 2021. Los titulares son buenos. Demasiado buenos para no mirar debajo.

Porque mientras el PIB avanza, dos tendencias están abriendo grietas que conviene no ignorar.

La primera: el déficit comercial se está disparando. Entre enero y junio de 2026 alcanzó los 32.781 millones de euros, un 30,5% más que en el mismo periodo del año anterior. Las exportaciones crecieron un 2%. Las importaciones, un 5,2%. El desequilibrio no es nuevo, pero la velocidad a la que se acelera sí lo es. Y detrás hay un actor que lo explica todo: China. Por primera vez en la historia, el gigante asiático cierra un semestre completo como primer proveedor de España, con 26.600 millones en ventas frente a solo 4.000 millones en compras. España importa de China más de seis euros y medio por cada euro que le vende. El déficit no energético, que en teoría debería ser el más controlable, se disparó un 73% en el primer semestre.

La segunda: el crédito al consumo ha vuelto a niveles de 2008. Los hogares españoles pidieron 16.762 millones en préstamos al consumo entre marzo y junio, el volumen trimestral más alto desde la burbuja inmobiliaria. El ritmo mensual supera de forma recurrente los 4.000 millones. La deuda total de las familias roza los 720.000 millones, con el crédito al consumo creciendo un 11% interanual. Y el tipo de interés medio de esos préstamos está entre el 6,84% y el 18,3% según el producto. España paga 3 puntos más que la media de la eurozona.

El Banco de España reconoce en su último Informe de Estabilidad Financiera que el 54% de los hogares tiene deuda viva, con una ratio de endeudamiento del 68% sobre su renta bruta disponible. La lectura optimista es que las familias gastan porque confían en la economía. La lectura realista es que una parte creciente se endeuda para mantener su nivel de consumo, no para mejorarlo.

El déficit comercial sostenido puede terminar deteriorando la posición inversora internacional neta, esa misma PIIN que España había mejorado notablemente gracias a las exportaciones. El crédito al consumo en máximos de dos décadas no es una catástrofe, pero sí es una señal. Toda tendencia empieza en un punto concreto.

Los pilotos de alarma no están encendidos. Están parpadeando.