Jon Hernández, experto en IA, lo dice sin rodeos: la mayoría de la gente usa ChatGPT para buscar conocimiento. Y ese no es su fuerte. Los modelos de lenguaje alucinan. Se inventan fechas, cifras, citas, fuentes. No tienen acceso a información en tiempo real salvo que dispongan de herramientas de búsqueda integradas. Y aunque las tengan, no son motores de búsqueda. Son motores de generación de texto.
La confusión es comprensible. La interfaz de conversación se parece superficialmente a una búsqueda. Preguntas, recibes respuesta. Pero el mecanismo es radicalmente distinto. Google indexa páginas y te devuelve enlaces verificables. ChatGPT predice qué texto es probable que venga a continuación de tu pregunta, basándose en su entrenamiento. Cuando no sabe algo, no lo dice. Lo inventa con fluidez.
¿Para qué sí sirve bien?
Para razonar, estructurar, redactar, sintetizar, generar ideas, revisar textos, hacer preguntas sobre documentos que tú mismo le proporcionas, automatizar tareas repetitivas y actuar como un colaborador que trabaja contigo en el proceso. Ahí es donde la IA multiplica el rendimiento real.
El problema es que la mayoría de los usuarios llegan con la mentalidad de buscador y se van frustrados o, peor, convencidos de información incorrecta.
Hay una brecha enorme entre quienes usan la IA como un Google glorificado y quienes la usan como un colaborador de proceso. Los primeros obtienen resultados mediocres o erróneos. Los segundos han rediseñado su forma de trabajar.
La tecnología no ha fallado. Ha fallado la formación sobre cómo usarla.

