Quinto otoño caliente consecutivo para los hogares españoles. La factura eléctrica, disparada más de un 20% en agosto por la tormenta de Ormuz, ya supera los 61 euros mensuales en tarifa regulada. Las casas llevan 12 años de subidas ininterrumpidas y están en máximos históricos. Es fácil gastarse 50 euros en un supermercado sin comprar nada fresco. El ascensor social, averiado. El horizonte para los jóvenes, negro.

Pero el dato que más debería preocupar no es el precio de la luz ni el del metro cuadrado. Es este: el 14,2% de los préstamos concedidos en España ya se destinan a pagar la universidad. La deuda para estudiar, que hasta hace poco era un fenómeno exclusivamente anglosajón, ha llegado a un país con universidad pública. Lo que eso significa es que el Estado del bienestar ha dejado de funcionar como red de protección para las capas medias. Ya no basta con trabajar para acceder a vivienda, sanidad, educación o cuidado de mayores. Cada vez más familias se endeudan para cubrir lo que antes era gratuito o asequible.

El sistema sanitario público ha dejado de ser fiable para buena parte de la población. Es ya recurrente recurrir a la sanidad privada para pruebas y operaciones con listas de espera insostenibles. En Madrid, con una oferta pública de escuela infantil ridícula, enviar a un hijo a una guardería privada cuesta más de 500 euros al mes. Y Fedea alerta de que uno de cada tres menores está en riesgo de exclusión social, no solo por los sueldos, sino por las cargas que entraña la crianza en un país donde la conciliación sigue siendo un eufemismo.

Lo que está pasando no es un fenómeno atmosférico. Es el resultado acumulado de dos décadas de erosión del Estado del bienestar que ninguno de los dos grandes partidos ha querido revertir en serio. El Gobierno ha subido el salario mínimo y las pensiones, pero no ha hecho la reforma fiscal que financiaría los servicios públicos que faltan. El PP aplica recortes sin sufrir desgaste electoral. Y la clase media paga la diferencia con deuda.

La anestesia tiene un límite. Más desigualdad, más desencanto con las élites y más sentimiento antisistema son el resultado predecible de un empobrecimiento que avanza despacio pero sin pausa. Lo de las joyas y los áticos da titulares. Lo que de verdad le quita el sueño al personal es su bolsillo. Y nadie parece tener prisa por arreglarlo.