Un tercio de la población española duerme menos de seis horas por noche. No es una estadística menor: es la descripción de un estado de privación crónica de sueño sin precedentes que la ciencia lleva años intentando cuantificar con precisión. El último estudio en sumarse a ese esfuerzo, publicado en Current Biology y realizado con ratones en laboratorios del Reino Unido y Suecia, ofrece la imagen más detallada hasta ahora de lo que ocurre dentro del cerebro cuando el sueño no llega en la cantidad suficiente.

Los investigadores privaron a ratones de seis horas de sueño, el equivalente a mantenerlos despiertos durante un periodo adicional respecto a su patrón normal, y analizaron los cambios en las sinapsis neuronales, los puntos de contacto entre neuronas que permiten la comunicación y el almacenamiento de información. Lo que encontraron es que la diversidad de subtipos de sinapsis en zonas cerebrales cruciales para la memoria y el aprendizaje disminuyó de forma significativa. Las conexiones neuronales no solo se fatigaron: se reorganizaron de una manera que altera la forma en que el cerebro procesa y retiene información.

El matiz científico es importante y hay que respetarlo: un ratón privado de seis horas de sueño no equivale a una persona que duerme seis horas cada noche. Las especies tienen patrones de sueño distintos, ritmos biológicos diferentes y necesidades que no son directamente comparables. Lo que el estudio demuestra con certeza es el mecanismo biológico por el cual la privación de sueño afecta a la arquitectura sináptica del cerebro. Lo que no demuestra, todavía, es la magnitud exacta de ese efecto en humanos crónicamente privados de sueño.

Pero ese matiz no basta para ignorar el cuerpo de evidencia acumulado en los últimos años. Dormir menos de seis horas por noche se asocia con un aumento del 30% en el riesgo de demencia, según investigaciones citadas por especialistas de la Universidad de Ottawa. El rendimiento cognitivo de quien lleva 17 horas despierto es comparable al de una concentración de alcohol en sangre del 0,05%, superando el límite legal para conducir en muchos países, según estudios publicados en Nature. Una sola noche de mal sueño puede hacer que la capacidad de recordar caiga hasta un 40%.

El mecanismo que explica estos efectos está relacionado con el sistema glinfático, una red de limpieza cerebral que se activa principalmente durante el sueño profundo. Durante ese tiempo, el líquido cefalorraquídeo fluye a través de canales que rodean los vasos sanguíneos y elimina proteínas y moléculas potencialmente dañinas, entre ellas la beta-amiloide y la tau, directamente asociadas al desarrollo del Alzheimer. Cuando el sueño es insuficiente, esa limpieza no se completa. Las toxinas se acumulan. Y el cerebro que no se limpia durante la noche funciona peor al día siguiente y, si esa situación se cronifica, envejece antes.

El presidente de la Federación de Sociedades de Medicina del Sueño advierte que la sociedad actual atraviesa una privación crónica de sueño sin precedentes. Los adolescentes españoles duermen entre seis y seis horas y media cuando deberían dormir entre ocho y diez. Un tercio de los adultos no llega a las seis horas. Y los estudios más recientes, incluido uno publicado en The Lancet, estiman que la privación prolongada de sueño durante una década puede reducir la esperanza de vida en hasta un año.

Lo que el nuevo estudio con ratones añade al debate no es una alarma nueva. Es una imagen más precisa de por qué el sueño no es descanso en el sentido pasivo de la palabra. Es una función activa de mantenimiento del cerebro. Y saltársela tiene consecuencias que no se recuperan con un café.