La inteligencia artificial tiene un problema de apetito. Los centros de datos que la entrenan y la ejecutan consumen cantidades crecientes de electricidad, ocupan suelo, pelean por conexiones a la red y necesitan sistemas de refrigeración que, en muchos casos, dependen del agua. La propuesta de Elon Musk es sacarlos de la ecuación terrestre: llevar los servidores al espacio, alimentarlos con energía solar casi constante y deshacerse, de paso, de la factura hídrica y de los permisos locales.

La idea ha pasado de la provocación a los papeles. A finales de enero, SpaceX pidió autorización a la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos para poner en órbita hasta un millón de satélites solares concebidos como centros de datos de IA, una cifra que multiplica por decenas los unos 15.000 satélites que hoy giran alrededor de la Tierra. Pocos días después, SpaceX y xAI, la empresa de inteligencia artificial de Musk, se integraron, una operación que vincula la capacidad de lanzamiento con la demanda de cómputo. En febrero, Musk fijó un plazo: los primeros centros de datos en el espacio llegarían, dijo, en los próximos treinta y seis meses. Y en marzo presentó el diseño de lo que llama AI Sat Mini, un satélite con paneles solares de unos 180 metros de envergadura, unos 100 kilovatios de potencia de cómputo en sus primeras versiones y destino en una órbita polar heliosíncrona, donde el Sol casi nunca se oculta.

El argumento de partida es potente. En órbita, un panel solar recibe luz casi continua, sin noches, sin estaciones, sin nubes y sin atmósfera. Musk sostiene que la eficiencia puede ser hasta cinco veces la de la superficie terrestre y que en la Tierra se pierde en torno al treinta por ciento de la energía por esos factores. Su objetivo declarado es un teravatio de GPU alimentadas por energía solar y la posibilidad de poner en órbita cada año satélites de IA equivalentes a cien gigavatios de cómputo. Los satélites Starlink de tercera generación, con una velocidad de bajada diez veces superior a la de los actuales, se presentan como el puente de comunicaciones. La compañía prepara además una salida a bolsa con una valoración que se ha situado en torno a 1,5 billones de dólares, y parte de ese capital se destinaría precisamente a este negocio.

Hasta aquí, la parte que suena bien. Los problemas empiezan con el frío. Es verdad que el espacio es un entorno gélido, pero esa no es una ventaja para enfriar un servidor: sin aire ni agua, el calor no puede disiparse por conducción ni por convección, solo por radiación. Dicho de otro modo, un chip en órbita no se enfría solo; necesita radiadores muy grandes que emitan ese calor al exterior, con una masa y una superficie considerables. Los propios renders del AI Sat Mini muestran un radiador junto a los paneles, pero sin dimensiones ni datos térmicos, y los análisis críticos señalan que evacuar del orden de cien kilovatios solo por radiación requiere cientos de metros cuadrados. Lo que sí desaparece es el consumo de agua, un argumento ambiental real frente a los centros de datos terrestres.

Los obstáculos no terminan ahí. El transporte es el primero: Google ha calculado, en un informe revisado por pares, que para alcanzar un coste de lanzamiento de unos 200 dólares por kilogramo en 2035, SpaceX tendría que llevar unas 370.000 toneladas de carga a órbita, lo que equivale a unos 1.800 lanzamientos de Starship en la próxima década. Ese mismo trabajo recuerda que sus estimaciones no son un estudio de viabilidad económica. Los satélites de gran tamaño dependen además de un cohete, el Starship, cuyo primer vuelo de la versión 3 se produjo en mayo, y que todavía no opera de forma rutinaria.

A ello se suman la radiación, que provoca errores en los circuitos, y la dificultad de reparar o sustituir hardware que falla a cientos de kilómetros de altura. Musk ha restado importancia al mantenimiento y sostiene que, superada la fase inicial de depuración, los chips alcanzan alta fiabilidad, pero la comparación con un centro de datos en tierra, donde un técnico llega en horas, sigue siendo desfavorable. Los expertos advierten, además, del riesgo de colisiones. Hugh Lewis, de la Universidad de Birmingham, calcula que un millón de satélites obligaría a unas 272 millones de maniobras de evasión al año, casi nueve por segundo, y John Crassidis, ingeniero y antiguo trabajador de la NASA, ha alertado de que podría alcanzarse un punto en el que la probabilidad de choque sea demasiado alta, con objetos que se desplazan a cerca de 28.000 kilómetros por hora.

Musk no está solo en la carrera. Google desarrolla el proyecto Suncatcher, una red de satélites que volarían en formación, con un primer prototipo que lleva una TPU y una segunda demostración prevista para 2027; Blue Origin, Aetherflux, Lonestar y Axiom Space también exploran la vía orbital. En el caso de Google, la compañía considera viable la inferencia en órbita pero reconoce que el entrenamiento de modelos a gran escala es un reto mayor, y sus propias pruebas iniciales funcionan en intervalos de quince minutos para no sobrecargar la gestión térmica.

La pregunta de fondo, por tanto, no es si se puede lanzar un servidor al espacio, algo que ya se ha hecho a pequeña escala, sino si compensa hacerlo a la escala que propone Musk. El plan depende de que el coste de lanzamiento caiga drásticamente, de que los radiadores sean lo bastante ligeros y eficientes, de que la logística de millones de toneladas anuales se vuelva rutina y de que los reguladores acepten una constelación sin precedentes. Mientras, la demanda de energía y de agua de los centros de datos terrestres sigue creciendo, y esa presión es la que mantiene vivo el debate.