El estrecho de Ormuz es, desde el 28 de febrero, el termómetro de la guerra con Irán. Cuando estalló el conflicto, Teherán declaró cerrado el paso por el que circula en torno a una quinta parte del petróleo mundial, y Estados Unidos respondió con un cerco naval a puertos y buques iraníes. Ocho meses después, la fotografía es más confusa de lo que sugiere el titular de cada bando: el crudo vuelve a salir del Golfo en volúmenes cercanos a los previos al conflicto, y sin embargo el barril está en su nivel más alto desde abril.
Empecemos por lo que fluye. El 7 de octubre, el secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó desde Atenas que Irán ha perdido el control del estrecho y que ahora sale casi la misma cantidad de petróleo que antes de la guerra. Los datos de la consultora Kpler lo respaldan en parte: en septiembre salieron unos 17 millones de barriles diarios, frente a los 18 del promedio de 2025. Y ya en la segunda semana de octubre, según los cálculos de ING, los flujos habían recuperado en torno al 91 % de los niveles previos al conflicto. Es una recuperación notable, pero no completa, y la propia lectura optimista de Washington contrasta con la versión de Teherán, que insiste en que el estrecho sigue cerrado y bajo su «control total».
Esa versión iraní tiene un matiz que importa. Un asesor de la Guardia Revolucionaria, el general Mohamad Reza Naqdi, ha anunciado que bloqueará las «rutas ilegales» por las que aún se exporta crudo, y ha reconocido una exportación pequeña mediante transferencias entre buques. En otras palabras, Irán admite que hay petróleo que se mueve fuera de su vigilancia, y promete cortarlo. Es esa amenaza, más que el volumen actual, lo que mantiene tensos a los mercados.
Porque el petróleo no se está pagando por lo que pasa por el estrecho, sino por lo que podría dejar de pasar. El Brent cerró el viernes 23 de octubre en 116,72 dólares, un 3,1 % más en la jornada y su nivel más alto desde finales de abril, mientras que el WTI se situó en 103,22. Unos días antes, el 19, el Brent ya había tocado los 111,5 dólares, y los analistas atribuían la subida a una prima de riesgo geopolítica: el mercado descuenta una interrupción futura aunque el crudo ya esté fluyendo. Andrew Lipow, de Lipow Oil Associates, lo resumía así: el mercado está preocupado por los continuos ataques iraníes contra petroleros, y aunque el tránsito ha aumentado, la situación podría cambiar en cualquier momento.
Los ataques no son una amenaza abstracta. La UKMTO, el organismo británico de seguimiento del tráfico marítimo, contabilizaba doce agresiones contra petroleros desde el 29 de septiembre, y un centro de estudios con sede en Washington sostiene que octubre ha sido el peor mes en ataques al transporte marítimo comercial en el estrecho y sus alrededores. El día 9, el buque Gem No. 2 fue alcanzado por un proyectil no identificado frente a Al Jazeera, en Emiratos. La Guardia Revolucionaria no se ha atribuido esos ataques.
A todo ello se suma un segundo frente en la península arábiga. Los hutíes, con base en Yemen, han reivindicado ataques contra instalaciones de Aramco en Yanbu y Shaybah y contra los aeropuertos de Riad y Abha, aunque no hay confirmación de daños operativos relevantes. El jueves 22, Saudi Aramco ordenó evacuar su sede central en Dhahran, cerca de Baréin, tras intensificarse los combates entre Arabia Saudí y los hutíes. Ese detalle es relevante porque Arabia Saudí había reactivado su oleoducto hacia el mar Rojo, una vía alternativa que evita el estrecho y que a comienzos de octubre ayudó a ampliar la oferta disponible y a presionar el Brent por debajo de los 100 dólares. Si esa ruta se ve amenazada, el efecto de amortiguación desaparece.
La política también pesa. El viernes, el enviado estadounidense para Siria e Irak, Tom Barrack, afirmó que Estados Unidos podría atacar a Irán ese mismo fin de semana, cuando antes se había sugerido que no ocurriría antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. En paralelo, un vertido de petróleo de un petrolero frente a Umm Al Quwain, en Emiratos, cuyo buque y causa no se han identificado, añadió ruido a una semana ya cargada de noticias.
El flete completa el cuadro. En las rutas más expuestas, transportar un barril cuesta hasta 36 dólares, un máximo que se explica por desvíos, restricciones operativas y un uso menos eficiente de la flota. Es un coste que se suma al precio del crudo en origen y que acaba trasladándose a las refinerías y, finalmente, al consumidor. Como el petróleo se factura en dólares, un dólar fuerte encarece además la factura en euros, algo que Europa nota en sus balanzas y en sus gasolineras.
Las previsiones, por ahora, apuntan a una corrección más que a una escalada: Commerzbank sitúa el barril en 85 dólares a final de año. Pero esa cifra depende de que no haya nuevos cortes, y los acontecimientos de la última semana hacen difícil confiar en ella. Mientras el crudo fluya y los petroleros sean atacados, el precio seguirá reflejando una apuesta sobre lo que puede pasar, no sobre lo que está pasando.

