Son las 8:54 de un miércoles cualquiera y, en la estación de Urda, en Toledo, dos trenes de pasajeros que circulan por la misma vía de alta velocidad dejan de ser dos trenes y pasan a ser un choque. Uno alcanza al otro. Al menos dos vagones se salen de la vía y ruedan por un terraplén. Nueve meses después de Adamuz, en el mismo corredor Madrid-Andalucía, vuelve a ocurrir lo que el sistema se juró que no volvería a pasar.

Adif lo ha contado con una frase seca en sus canales oficiales: “Se encuentra interrumpida la circulación en la línea de alta velocidad Madrid-Andalucía por un alcance entre dos trenes”. Detrás de esa frase hay heridos, una escena que algunos pasajeros han descrito como “dantesca” y un despliegue de emergencia que da la medida de lo ocurrido: bomberos de Alcázar de San Juan y de Orgaz, Protección Civil de varios municipios, tres helicópteros sanitarios, dos UVI, Guardia Civil y Policía. El alcalde de Urda ha confirmado que hay personas heridas, y Protección Civil ha pedido habilitar un pabellón para atenderlas.

Del balance de víctimas, a esta hora, solo hay lo que no se puede dar por cerrado. Fuentes ferroviarias hablan de al menos dos muertos y varios pasajeros aseguran haber visto fallecidos, pero no hay cifra oficial. Es la parte más dura de una mañana que sigue en curso, y no conviene rellenarla con números que nadie ha confirmado.

Lo que se sabe es el esquema del choque. Un Iryo viajaba de Madrid hacia Sevilla y, por detrás, llegaba un tren de Renfe que lo habría embestido. Los coches uno, dos y tres habrían descarrilado, según las primeras informaciones. Un viajero ha contado que el maquinista había avisado de una parada de unos quince minutos por la aglomeración de trenes. Y en medio de esa espera, el impacto.

La pregunta que nadie puede contestar todavía es la que más duele: cómo es posible. En una línea de alta velocidad, con sistemas diseñados para impedir que un tren se acerque a otro, ¿por qué no frenó a tiempo el segundo? ¿Un fallo de señalización? ¿Un error humano? ¿Algo más? No hay respuesta oficial, y será la investigación técnica, con los registros de los trenes y el estado de la vía, la que tendrá que darla.

Mientras tanto, el país ha reaccionado de golpe. El Gobierno ha hablado de accidente grave. Óscar Puente se ha dirigido al centro de control de Atocha y de allí al lugar del siniestro. Emiliano García-Page ha suspendido su agenda y viaja a Urda. Pedro Sánchez ha cancelado un acto en Madrid. Alberto Núñez Feijóo ha pedido atender a las víctimas y acompañar a las familias, y el PP ha suspendido su precampaña de cara a las elecciones del 29 de noviembre. Renfe ha confirmado un accidente ferroviario y ha ofrecido cambios y anulaciones gratuitos.

La línea Madrid-Andalucía está completamente cortada entre Madrid, Ciudad Real y el sur. Es el corredor más transitado de la alta velocidad española, y Adif no ha dado plazo para reabrirlo. Miles de viajeros tendrán que improvisar sus desplazamientos, pero ese será el menor de los problemas de hoy.

Porque el nombre que flota sobre Urda es el de Adamuz. El 18 de enero, en esa misma línea, un tren Iryo descarriló cerca de Córdoba y fue alcanzado segundos después por otro, en una tragedia que dejó 46 muertos y casi trescientos heridos, según los datos disponibles. Aquella investigación señaló una rotura del carril y fallos en el seguimiento del estado de la vía, y la línea tardó casi un mes en recuperar la normalidad. Que ahora vuelva a haber un accidente grave en el mismo corredor reabre de golpe todas las preguntas que se quedaron a medias: sobre mantenimiento, sobre control, sobre quién vigila lo que se supone que es lo más seguro de la red.

De momento, lo único que importa es lo que ocurre bajo los focos de Urda. Las respuestas llegarán después. Las familias no pueden esperar tanto.