Durante años fue una de las frases más repetidas de Apple: las pantallas verticales no están hechas para tocarse. Steve Jobs lo defendió en 2010, cuando explicó que, tras pruebas con usuarios, un brazo levantado frente a una pantalla vertical se cansa enseguida, y que por eso el trackpad y el teclado seguirían siendo la forma de manejar un portátil. Dieciséis años después, Apple ha presentado el primer MacBook Pro con pantalla táctil, y lo ha hecho sin renunciar al discurso: el dedo es un complemento, no un sustituto.
El nuevo equipo llega en dos tamaños, 14 y 16 pulgadas, y su gran cambio está en el panel. Apple lo llama PROLED XDR y es una pantalla OLED de doble capa que alcanza picos de 2.000 nits de brillo en HDR, con una frecuencia variable de hasta 120 hercios. El sensor táctil va integrado en el propio panel, lo que reduce la latencia, y la pantalla sustituye al clásico notch por la Dynamic Island, el espacio dinámico que ya conocen los usuarios del iPhone y que en el Mac servirá para actividades en directo, peticiones de AirDrop o controles de música. También vuelve el logo iluminado de la manzana en la tapa, un guiño nostálgico que muchos usuarios echaban de menos.
Para que tocar la pantalla no sea una incomodidad, Apple ha rediseñado la bisagra, que debe mantener la pantalla estable cuando el dedo la presiona, y la arquitectura de refrigeración. El 14 pulgadas pesa 1,38 kilos y el 16 pulgadas, alrededor de 1,82. En el apartado de software, macOS 27 incorpora gestos táctiles como desplazarse, ampliar una foto con dos dedos o mover elementos por la pantalla, y traduce cada toque en un clic, de modo que las aplicaciones existentes funcionan sin necesidad de rediseñarse.
Por dentro, la sorpresa es que no hay chip nuevo. El equipo monta los mismos M5 Pro y M5 Max que ya estaban en la gama desde marzo, en cuatro configuraciones con entre 24 y 128 gigabytes de memoria unificada y hasta 16 terabytes de almacenamiento. El nuevo M6 se ha estrenado en el MacBook Pro básico de 14 pulgadas, que parte de 2.329 euros. Es decir, el modelo táctil es, de entrada, una versión de gama alta con un salto de unos 1.000 euros respecto a la de acceso. En conectividad ofrece tres puertos Thunderbolt 5, HDMI, lector de tarjetas SDXC, MagSafe 3, Wi-Fi 7 y Bluetooth 6, y anuncia hasta 22 horas de reproducción de vídeo en el 14 pulgadas y hasta 24 en el 16.
El precio es el otro gran titular. El MacBook Pro táctil arranca en 3.349 euros en su versión de 14 pulgadas y en 3.949 euros en la de 16. Las reservas ya están abiertas y las primeras entregas en tienda están previstas para el 6 de noviembre. En Estados Unidos, el precio de partida ronda los 2.899 dólares, según la información publicada tras el anuncio.
Lo más interesante de este lanzamiento no es la tecnología, sino el cambio de postura. Apple lleva más de una década diferenciando con claridad el Mac y el iPad: uno para trabajar con teclado y ratón, otro para tocar. Los directivos de la compañía han insistido en que fusionar ambos mundos acabaría por empeorarlos. El nuevo MacBook Pro no borra esa frontera, pero la desdibuja: sigue siendo un Mac, con su teclado y su trackpad como entradas principales, pero ahora acepta el dedo para tareas puntuales, como desplazarse por un documento, mover una ventana o ampliar una imagen. Es un movimiento prudente, a medio camino entre lo que Jobs rechazó y lo que ya hacen desde hace años los portátiles con Windows.
Esa prudencia también explica cómo se ha planteado el producto. Apple no vende el táctil como una revolución, sino como un añadido pensado para quienes trabajan con fotografía, vídeo o diseño, donde señalar directamente sobre la pantalla puede ahorrar tiempo. La pantalla OLED, de hecho, es probablemente el argumento de compra más sólido: más contraste, mejor negro y un brillo que acerca el portátil a la calidad de un monitor profesional.
Queda por ver si el público responde. Con un precio que supera con holgura los 3.000 euros, el MacBook Pro táctil se dirige a un perfil muy concreto, y la pregunta es si el dedo en la pantalla basta para justificar el salto de precio frente a un modelo que, a efectos de potencia, es casi idéntico a los anteriores. Dieciséis años después de aquella frase de Jobs, Apple ha demostrado que cambiar de opinión es posible; el mercado dirá si también es rentable.

