Sam Altman, el consejero delegado de OpenAI, ha vuelto a poner en el centro del debate una frase que suena a titular de ciencia ficción: en cierto sentido, ChatGPT ya es más poderoso que cualquier ser humano que haya existido. No lo dice como una metáfora decorativa, sino como punto de partida de una tesis mayor, la de que la humanidad ha cruzado el umbral que lleva a la superinteligencia digital y de que, en sus propias palabras, el despegue ha comenzado.

Conviene entender qué quiere decir exactamente con eso. Altman no sostiene que la máquina sea más sabia, más creativa o más humana que una persona. Habla de alcance. Una sola herramienta, disponible para cientos de millones de usuarios cada día, puede redactar, programar, resumir, traducir o razonar sobre casi cualquier materia a una escala que ningún individuo, por brillante que sea, podría igualar. El poder, en este sentido, es capacidad de multiplicar lo que otros pueden hacer, y no una inteligencia superior en el sentido filosófico de la palabra. Su argumento es que la IA amplifica lo que producen quienes la usan, y que apenas estamos al principio.

A partir de esa idea, el directivo dibuja un calendario que él mismo presenta como previsión, no como certeza. Ve probable que, hacia este mismo 2026, aparezcan sistemas capaces de descubrir conocimiento nuevo. Sitúa en 2027 la llegada de robots capaces de realizar tareas en el mundo real, y hacia 2030 una nueva ola de automatización en el empleo y el comienzo de una sociedad distinta, en la que la inteligencia y la energía se volverían muy abundantes. Habla incluso de robots que fabrican robots y de centros de datos que construyen centros de datos, algo que a su juicio ya no queda tan lejos, y arriesga que en la década de 2030 los avances podrían encadenarse con una rapidez inusitada, desde la física de altas energías hasta la neurotecnología.

Altman no oculta el lado incómodo. Admite que habrá aspectos muy difíciles, entre ellos la desaparición de categorías enteras de empleos, aunque confía en que el mundo se enriquezca tan deprisa que pueda plantearse ideas políticas nuevas para repartir ese cambio. Su visión es la de una transformación gradual que, vista con perspectiva de décadas, sumaría un salto enorme. A su favor, argumenta que los cambios tecnológicos de ese tipo suelen parecer disparatados antes de producirse y recuerda que, en su opinión, sus predicciones de 2020 sonaban más descabelladas que las que hoy hace para 2030.

Lo más interesante del planteamiento no es el entusiasmo, sino las condiciones que él mismo pone. Para que ese futuro sea deseable, sostiene, hacen falta tres cosas. La primera es resolver el problema de la alineación, es decir, lograr que los sistemas persigan de forma fiable lo que la humanidad quiere a largo plazo, y no lo que a una empresa le resulte rentable. La segunda es que la superinteligencia sea barata y esté ampliamente disponible, sin concentrarse en una sola persona, compañía o país. Y la tercera, dar a los usuarios una amplia libertad dentro de límites que deberá decidir la sociedad, para lo que pide abrir cuanto antes esa conversación.

Conviene leerlo con la distancia que merece cualquier mensaje de quien lidera la empresa que más se beneficia de la narrativa. Los plazos que plantea son previsiones, no resultados verificados, y no hay consenso en el sector sobre su velocidad ni sobre su dirección. Una parte de los investigadores comparte la idea de que los avances se aceleran y de que los riesgos exigen gobernanza; otra recuerda que la historia de la tecnología está llena de calendarios optimistas incumplidos y que la comparación entre una herramienta y una persona depende de cómo se defina «poder». También hay quien subraya que hablar de abundancia universal deja en segundo plano quién captura el valor y cómo se reparte.

Hay además un matiz que no debe perderse. Decir que una herramienta es más poderosa que cualquier persona no equivale a decir que sea mejor ni que actúe por sí sola. Lo que Altman describe es un amplificador, y su impacto depende de quién lo maneje, con qué objetivos y bajo qué reglas. De ahí que su insistencia en que la superinteligencia no se concentre y en que la sociedad fije los límites sea, quizá, la parte más relevante del mensaje.

El año que apunta como primera estación de su calendario está a punto de cerrarse, y los sistemas que según él descubrirían conocimiento nuevo siguen siendo objeto de debate. La pregunta de fondo, mientras tanto, no es si ChatGPT supera ya a una persona, sino quién decide cómo se usa ese poder y con qué garantías.