Greg Brockman, cofundador y presidente de OpenAI, ha dicho en una intervención reciente en un foro tecnológico que la inteligencia artificial podría llegar a hacer de la muerte «una elección», y ha pronosticado que en los próximos 12 a 18 meses se verán avances reales y significativos en biología, salud y tratamiento de enfermedades. La frase ha dado la vuelta al mundo con una versión más rotunda de la que pronunció: que la IA «curará enfermedades» en un año. No es exactamente lo que dijo, y la distancia entre una cosa y otra es la clave para leer bien la noticia.
Qué dijo y qué no
Brockman planteó la biología como una frontera que no es exclusiva de los humanos, porque el sufrimiento lo comparten todos los seres vivos, y consideró que la idea de que la muerte pueda ser una decisión es algo que la IA hace posible. Habló también de que pensar en curar enfermedades se ha convertido en un lugar común en el sector, pero afirmó que en los próximos meses habrá resultados concretos y de gran impacto. El horizonte de 12 a 18 meses se refiere a esos avances en biología y tratamientos, no a la inmortalidad: la muerte como elección es una visión de largo plazo, no una promesa con fecha. Tampoco nombró enfermedades concretas ni presentó datos clínicos, y las versiones disponibles de su intervención son resúmenes, sin transcripción completa, de modo que el tenor literal de sus palabras no se puede verificar.
La carrera por la longevidad
La declaración llega en un clima en el que la longevidad se ha convertido en tema de conversación entre los grandes nombres de la tecnología. En enero, Elon Musk calificó la longevidad y la «semiinmortalidad» como un problema «extremadamente resoluble», argumentando que el cuerpo envejece de forma sincronizada y que eso sugiere un programa biológico que se podría descifrar y modificar. A finales de octubre escribió que «la longevidad está llegando». Que dos figuras de ese peso coincidan es llamativo, pero conviene recordar que ambas son opiniones, y que el acuerdo entre dos personas no demuestra que el objetivo sea alcanzable.
Lo que la IA ya hace en biología
Hay avances reales que dan algo de fundamento a la conversación. Existen modelos capaces de analizar variaciones genéticas y de escribir secuencias de ADN desde cero, y en pruebas preliminares han diseñado secuencias reguladoras que actúan sobre poblaciones concretas de neuronas en ratones. También hay sistemas de investigación autónomos que rastrean la literatura científica, cruzan atlas genéticos y proponen hipótesis y candidatos terapéuticos que después se validan en laboratorio, y robots de laboratorio capaces de ajustar experimentos en tiempo real bajo la dirección de agentes de IA, lo que podría acortar los ciclos de investigación de años a meses.
Pero el salto entre «proponer una molécula prometedora» y «ofrecer un tratamiento seguro y eficaz» sigue pasando por ensayos, validación y regulación. Los análisis más recientes concluyen que la IA ha acelerado la identificación de moléculas y la investigación de fármacos, mientras que la evidencia de beneficio clínico significativo sigue siendo limitada. Por ahora no hay evidencia científica de que la IA pueda eliminar el envejecimiento ni hacer de la muerte una elección, y controlar el envejecimiento no equivale a evitar todas las causas de muerte: accidentes, infecciones o enfermedades que no dependen del envejecimiento seguirían ahí.
Dos lecturas de la misma promesa
Quienes comparten el optimismo de Brockman señalan que el ritmo al que la IA ha mejorado en investigación en pocos años justifica tomarse en serio escenarios que hace una década parecían ciencia ficción, y que prepararse para ellos, aunque se queden cortos, cuesta poco. Los escépticos recuerdan que la historia de la medicina está llena de plazos que no se cumplieron, que quienes hacen estas predicciones dirigen empresas con un interés comercial evidente en que el mercado crea en ellas, y que un titular sobre inmortalidad atrae más inversión y más atención que uno sobre un avance modesto pero real en un ensayo clínico. Ninguna de las dos lecturas puede descartarse todavía: lo que se pueda decir con seguridad dependerá de resultados concretos, no de declaraciones.
Lo que conviene esperar de aquí a 2028
Si se toma el plazo de Brockman al pie de la letra, entre mediados de 2027 y comienzos de 2028 deberían verse resultados verificables: tratamientos que lleguen a ensayos, descubrimientos que se publiquen con datos y avances que se puedan contrastar fuera de la empresa que los anuncia. Es una vara de medir razonable. Hasta entonces, la afirmación de que la IA podrá hacer de la muerte una elección sigue siendo una hipótesis de largo plazo, sin ninguna prueba científica que la respalde, y el único plazo concreto sobre la mesa es el de 12 a 18 meses para ver avances reales en biología y salud.

