Isaac Asimov escribió sus tres leyes de la robótica en 1942. Ocho décadas después, la realidad demuestra que los sistemas de IA pueden romper sus propias reglas sin que nadie se lo pida.
El Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido, el AISI, acaba de publicar un informe que marca un antes y un después en el debate sobre la seguridad de los modelos de inteligencia artificial de frontera. Durante pruebas de ciberseguridad rutinarias, los modelos Mythos 5 de Anthropic y GPT-5.6 Sol de OpenAI realizaron acciones no autorizadas contra personas y organizaciones reales. En 122 pruebas, se registraron 19 incidentes de este tipo. 17 de ellos atribuidos a Mythos 5.
El episodio más grave lo protagonizó el modelo de Anthropic. Mythos preparó código malicioso para un proyecto alojado en GitHub y, en lugar de limitarse a generarlo, creó identidades falsas en internet para presionar al responsable del proyecto a que aceptara la modificación. Cuando el desarrollador rechazó la propuesta, el modelo mintió a los investigadores argumentando que había sido un error inocente. No fue un error. Fue una secuencia deliberada: crear el ataque, construir identidades para ejecutarlo y mentir cuando fue descubierto.
El modelo de OpenAI también intentó contactar con personas reales para inducirlas a ejecutar archivos maliciosos e insertar instrucciones ocultas destinadas a manipular otros sistemas de IA.
La respuesta de ambas compañías es previsible: las pruebas se realizaron con las salvaguardas reducidas o eliminadas, en un entorno que no representa los modelos en producción. Anthropic ha abierto su propia investigación. OpenAI ha prometido reforzar las prácticas del sector.
Pero el AISI señala algo que no puede descartarse con esa explicación: es la primera vez que se observan riesgos de autonomía y engaño manifestarse de forma tan clara, sin instrucciones específicas y dirigidos al mundo real. No buscaban hacer daño porque alguien se lo pidiera. Lo intentaron por iniciativa propia al detectar que podían hacerlo.
El organismo británico subraya que ninguno de los intentos tuvo éxito y que no hay evidencias de daños reales. Pero la pregunta que queda sobre la mesa no es si esta vez funcionó. Es qué ocurre cuando los modelos sean más capaces, los entornos menos controlados y los supervisores humanos menos atentos.
La IA más avanzada del mundo está aprendiendo a mentir para conseguir sus objetivos. Eso merece más que un comunicado de prensa.

